Ayuda Sida Granada es una asociación altruista y sin ánimo de lucro que tiene como objetivo ejercer una labor social de apoyo a los seropositivos y enfermos de sida.
sábado, 3 de febrero de 2018
LA ALDEA DE NYUMBANI EN KENIA,LAS ABUELAS DEL SIDA O LA ESPERANZA DE SEGUIR VIVIENDO CON LA ESPERANZA DE SER ALGO EN LA VIDA....( BASADOS EN HECHOS REALES )
Anna Musymi, un de las cien abuelas de Nyumbani, con los huérfanos de los que cuida en la aldea.Ramón Sánchez Orense
Cuando Anna Musymi llegó a la aldea de Nyumbani no se podía
creer lo que veía. “Me sorprendió que fuera un lugar tan grande. Los
niños tenían comida y tenían escuela y me preguntaba cómo era posible
que pudieran alimentarlos a todos”. Anna tenía entonces 63 años y
acababa de perder a su hijo víctima del sida. Se quedó sola, con sus dos
nietos y decidió pedir ayuda en este poblado fundado por Sister Mary
Owens, una monja irlandesa que llegó a África a finales de los sesenta.
Mil niños,tres escuelas, paneles solares para abastecerse y el extraño lujo del agua corriente.
Por
mucho que Anna hubiera oído hablar de Nyumbani es lógico que se
sorprendiera. Este es un reducto de paz en medio de la nada a más de dos
horas de Nairobi: un poblado para mil niños repartidos en cien casas,
tres escuelas, paneles solares para abastecerse y el extraño lujo del
agua corriente. Pero lo verdaderamente excepcional en este lugar no es
material. Aquí no existe el estigma del sida que lleva a las familias a
repudiar a los enfermos y abandonar a los niños cuando quedan huérfanos.
En Nyumbani los pequeños encuentran esperanza en forma de cariño, de retrovirales y de educación.
Nyumbani no es solo el hogar de mil niños que lo han perdido todo.
También lo es de cien abuelos que vieron como sus hijos morían por el
virus. La mayoría son abuelas, como Anna. Vive con los dos nietos que le
quedan y con diez huérfanos más. “No me cuesta cuidar de ellos porque
todos son muy responsables”, dice con una sonrisa que la dureza de su
vida no ha terminado de eclipsar.
Sister Mary Owens, rodeada de algunos de los niños que viven en la aldea de Nyumbani (Kenia)
Esa responsabilidad se ve cuando los niños acuden a clase
como un diminuto ejército disciplinado. Se sientan sin alzar la voz
hasta que el profesor les saluda y se levantan perfectamente
coreografiados para gritar “yes”. Hoy les toca lo que llaman la clase de
ProFuturo –for future, dice un pequeño para explicarlo. Todos tienen
claro el ritual: se acercan al maestro para que les entregue la preciada
tableta, hacen cola, la recogen y se la llevan con las dos manos,
agarrándola cuidadosamente con cierta veneración. Parece que
transportaran un polluelo. O un tesoro. Que es lo que es aquí un
dispositivo así. Miden la velocidad con la que la dejan en los pupitres
descabalgados. Los 34 alumnos de primaria están preparados para arrancar
la lección: los mamíferos.
Responden a una pregunta que muchos menores de este país nose pueden plantear: “¿qué quieres ser de mayor?”
Nesta, Faith y Hamid se sientan en la última fila. Tienen
doce años. Faith duda al decir su edad. Los tres llegaron a Nyumbani
cuando eran pequeños, tanto que no pueden recordarlo. Nesta se ha
quedado atrapado en una de las imágenes de la tableta: explica que las
ballenas son mamíferos aunque vivan en el agua. Hace por avanzar en el
test, pero una y otra vez vuelve al dibujo del animal. Sus dos
compañeros le han adelantado. Faith responde con decisión. “¿Cuál de
estos animales no está en peligro de extinción?” Le falta tiempo para
pulsar sobre el dibujo de un burrito. El silencio de la clase solo se
interrumpe por el cacareo de las voces que salen de las tabletas. Nesta
baja el volumen para no molestar y vuelve a la escena de la ballena.
Desde su mesa, el profesor controla sus respuestas. John
Kioko tiene 24 años y se crio aquí. Cuando fue creciendo decidió hacerse
maestro para ayudar a sus hermanos. A los hermanos de destino y la
hermana biológica que vino al poblado con él. No le ha costado adaptarse
al nuevo sistema y está convencido de que sirve para que los pequeños
aprendan mejor.
Una de las mayores recompensas de Sister Mary es que sus niños estén sanos y que los más vulnerables se vayan recuperando.
La otra, que respondan a una pregunta que muchos menores de este país
ni siquiera se pueden plantear: “¿qué quieres ser de mayor?” Doctor.
Arquitecto. Abogado. Futbolista. Uno que quiere ser fotógrafo no deja de
inmortalizar a sus compañeros con la tableta. Se agolpan ante el
objetivo cuando la clase está a punto de acabar, en el único momento en
el que se han permitido salirse de la disciplina escolar.
¿Por qué tabletas en África? “Por esto”, repite Sister Mary,
“porque los niños de África merecen los mismos cuidados, la misma
atención médica y la misma educación de calidad que en cualquier parte
del mundo”. La directora de ProFuturo, impresionada por cómo está
funcionando su proyecto en Kenia, apoya la determinación de la fundadora
de Nyumbani. “Cuanta más necesidad, más educación”, dice rotunda Sofía
Fernandez de Mesa, “si quieres cambiarles la vida, si quieres darles una
oportunidad, dales más educación”. Eso es esta aldea de Nyumbani: la
puerta al futuro, el lugar donde pueden permitirse pensar qué quieren
ser.
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